Adiós, ojos azules, hasta siempre.
Paul Newman, uno de los pocos actores por los que merecía verse una película. Un tipo con cara de ángel, pero sin caer en lo blandengue. Con cara de niño malo, pero sabiendo utilizar sus estudios de interpretación para hablarnos desde la pantalla con su rostro, con sus ademanes, y en especial con su mirada, haciendo que nos recreásemos en cada escena, como si la película transcurriese en la vida real, delante de nosotros y haciendo que olvidáramos al actor para ver al personaje. Porque supo subir como una estrella en el firmamento de Hollywood, y también supo ocupar su tiempo en causas humanitarias. Un mito del cine que se nos ha ido.
Nos deja sus muchas películas y la estela de un mito que supo estar en las alturas con los pies en el suelo.
Paul Newman, uno de los pocos actores por los que merecía verse una película. Un tipo con cara de ángel, pero sin caer en lo blandengue. Con cara de niño malo, pero sabiendo utilizar sus estudios de interpretación para hablarnos desde la pantalla con su rostro, con sus ademanes, y en especial con su mirada, haciendo que nos recreásemos en cada escena, como si la película transcurriese en la vida real, delante de nosotros y haciendo que olvidáramos al actor para ver al personaje. Porque supo subir como una estrella en el firmamento de Hollywood, y también supo ocupar su tiempo en causas humanitarias. Un mito del cine que se nos ha ido.
Nos deja sus muchas películas y la estela de un mito que supo estar en las alturas con los pies en el suelo.






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